EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 20 de abril de 2014

SERMÓN TERCERO DE LA RESURRECCIÓN: LA LEPRA DE NAAMÁN

SERMON TERCERO


La lepra de Naamán


Capítulo 1


  Para sanar el cuerpo primeramente lo purgamos, y después lo alimentamos: eliminamos los malos humores y lo reanimamos con manjares sanos. Eso mismo hace Jesucristo, médico de las almas, que hizo de toda su vida mortal una medicina para devolver la salud. Antes de morir en la cruz nos hizo siete purgas, y después de resucitar nos ofreció otros siete alimentos exquisitos y sabrosos. Nuestro nuevo Eliseo mandó al leproso Naamán que se bañara siete veces en el Jordán, que significa descenso. Con el descendimiento de nuestro Señor Jesucristo, es decir, con la actitud humilde que precedió a su muerte, nos limpia y nos purga. Y con su resurrección y los cuarenta días que vivió después entre nosotros, nos fortalece y sustenta con excelentes manjares.


  De siete maneras se había apoderado de nosotros la lepra de la soberbia: con el ansia de riquezas, con la vanidad en el vestir, con el placer corporal, dos veces por la lengua y otras dos por el corazón. La primera lepra es la de casa: queremos ser ricos en este mundo. Nos limpiamos de ella bañándonos en el Jordán, esto es, en la humildad de Cristo. Vemos que él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. Al venir a este mundo dejó las riquezas infinitas  el cielo, y no quiso tampoco poseer cualquier otra clase de riquezas de la tierra; deseó ser tan pobre que su cuna fue un pesebre, por no encontrar sitio en la posada. Todos sabemos que el Hijo del hombre no tuvo donde reclinar la cabeza. ¿Buscará todavía las riquezas del mundo el que se da un buen baño en este río? ¿Es posible imaginar una locura mayor que soñar con riquezas un miserable gusano, por el cual el Dios de la majestad y del poder se hizo voluntariamente pobre?

Capítulo 2


  En la lepra del vestido pongamos toda la vanidad y pompa de la vida. Desaparecerá de nosotros en el baño del Jordán, cuando encontremos al Ungido del Señor envuelto en pobres  añales, y convertido en vergüenza de la gente y desprecio  el pueblo. También quedamos limpios de la lepra corporal en el mismo Jordán, si meditamos seriamente la Pasión del Señor y renunciamos al placer sexual.



  En la boca, como antes dije, hay una doble lepra. Ante una contrariedad murmuramos, y aparece la lepra de las palabras impacientes. Para limpiarnos de ella fijémonos en el cordero llevado al matadero, y que como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Cuando le insultaban no devolvía el insulto; mientras padecia no profería amenazas. Cuando nos visita la prosperidad, en cambio, olvidamos aquel consejo: el que presume, que presuma del Señor, y nos encumbramos sobre los demás, no precisamente por nuestra paciencia, sino llevados de la arrogancia; tenemos la lepra de las palabras arrogantes. Si queremos curarla entremos al Jordán, e imitemos al que no buscaba su propia gloria. Hacía callar a los demonios que le aclamaban Hijo de Dios, y no quería que lo pregonaran los ciegos a quienes sanaba.

Capítulo 3


  En el corazón existen también dos clases de lepra: la voluntad propia y el juicio propio. Ambas son pésimas, y además muy peligrosas porque son internas. Llamo voluntad propia a la que no es común con Dios y con los hombres, sino únicamente nuestra. Queremos algo, no para gloria de Dios o utilidad de los hermanos, sino para nuestro provecho personal; nuestro fin no es agradar a Dios y ser útiles a los demás, sino satisfacer nuestras ambiciones. La caridad es otra cosa diametralmente opuesta: la caridad es Dios.



   Por eso la voluntad propia está siempre en guerra abierta contra él. Lo único que Dios odia y castiga es la voluntad propia. Cese la voluntad propia y no habrá infierno. El fuego eterno solamente se ceba en ella. Incluso ahora, cuando tenemos hambre, frío u otro dolor cualquiera, nos quejamos por nuestra propia voluntad. Pero si lo aceptamos, esa voluntad se convierte en común. Aunque nos quede algo de malestar o escozor de la voluntad propia; por eso seguimos sufriendo hasta que desaparezca por completo.


   Hablamos de la voluntad, en cuanto facultad a la que asentimos, y a la que se somete el libre albedrío. Porque los deseos y concupiscencias que reinan en nosotros, no son la voluntad, sino una voluntad corrompida. Escuchen y tiemblen los esclavos de la propia voluntad con qué saña ataca al Señor de la majestad. En primer lugar se hace independiente y al declararse autónoma se sustrae de aquel a quien debe servir como creador suyo. Pero no se contenta sólo con esto. En cuanta que de ella depende, se apropia y saquea todo lo que es de Dios. La ambición humana no acepta fronteras. El usurero que consigue una pequeña fortuna quisiera poseer el mundo entero, si fuera posible y si tuviera medios para ello. Digámoslo abiertamente: al que se deja llevar de la voluntad propia no le basta el mundo entero.


   ¡Si al menos quedara satisfecho con todas estas cosas, y no se ensañara -causa horror decirlo- contra el mismo Creador! Porque, en cuanto de ella depende, la voluntad propia mata al Creador. Desearía que Dios fuese incapaz de castigar sus pecados, o bien que no quisiera hacerlo o que los desconociese. Es decir, que en vez de ser Dios, fuese impotente, injusto e ignorante. La maldad más cruel y detesta le es intentar destruir el poder, la justicia y la sabiduría de Dios. Es una bestia cruel, una fiera sin entrañas, una loba sanguinaria, una leona implacable. Es la lepra horrorosa del alma, cuyo único remedio es sumergirse en el Jordán e imitar a aquel que no quiso hacer su voluntad, y dijo antes de morir: No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Capítulo 4


  La lepra del propio juicio es también peligrosa, porque está muy oculta, y porque al ser tan frecuente se la considera como algo bueno. Es muy  propia de los que tienen un gran fervor religioso, pero mal entendido. Viven tan envueltos y obstinados en el error que no aceptan el consejo de los demás. Destrozan la unidad y a paz, no saben amar, son temerarios y llenos de suficiencia, rechazan el plan de Dios y se empeñan en implantar el suyo. ¿Existe algo peor que la soberbia, por la que un hombre impone su parecer a toda la comunidad, como si él sólo tuviera el espíritu de Dios? La obstinación es un delito de idolatría o un pecado de magia.



  Que lo escuchen quienes se creen distintos y más santos que los demás. Según el juicio divino -y no el suyo propio- se han convertido en hechiceros e idólatras. Lo mismo dice el Maestro de la verdad: si no hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un extraño. El único medio de curar esta lepra es ir al Jordán. Sumérgete allí, si tienes esta enfermedad, y observa lo que hizo el Ángel del gran consejo: posponer su juicio al juicio o deseo de una mujer -me refiero a la Virgen- y de un pobre carpintero llamado José. Lo encuentran sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas, y su madre le dice: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? El les contesta: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron esta palabra.


   Qué hizo entonces la Palabra? Nadie era capaz de comprenderlo: descendió y se puso bajo su autoridad  ¿Quién no se avergonzará de mantener tercamente su juicio, al ver cómo la Sabiduría prescinde del suyo? Y de tal modo pospuso su criterio, que perseveró en esta actitud hasta la edad de treinta años. En todo este tiempo no sabemos nada de su doctrina ni de sus obras.


Capítulo 5


  Nos interesa mucho preguntarle cómo renunció a su propia voluntad y juicio. Señor, cuando pedías que no se cumpliera aquella voluntad, ¿era tuya si no era buena? ¿Y si era buena, por qué renunciaste a ella? Y lo mismo decimos del juicio: si no era bueno, ¿cómo podía ser tuyo? Y si era bueno, ¿por qué renunciaste a él? Ambas cosas eran buenas, y eran tuyas; pero podía renunciar a ellas para hacerlas mucho más perfectas. No convenía anteponer lo propio a lo común.


  Las palabras: si es posible pase de mí este cáliz, eran una voluntad  expresa y buena de Cristo. Pero aquellas otras: hágase tu voluntad, manifiestan otra mucho más perfecta: la voluntad común con el Padre, consigo mismo -se ofreció porque quiso- y con nosotros. Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante. Tal era la voluntad del Padre, para tener hijos adoptivos; y la de Cristo, para ser el mayor de una multitud de  hermanos; y la nuestra, porque nos interesaba ser redimidos.


  Del juicio decimos lo mismo: aquel juicio era de Cristo, y era bueno, porque dijo: Yo tenía que estar en la casa de mi Padre. Pero al no comprenderlo ellos, cambió de acritud, para limpiarnos la lepra de nuestro juicio. Nos da un ejemplo a imitar. Sabía muy bien desde siempre lo que iba a hacer, mas quiso ofrecernos este acto de humildad, y convertirse en Jordán para lavarnos de esta lepra. Prestad atención los que estáis manchados con la doble lepra de la voluntad y juicio propios. Escuchad la palabra que el Espíritu dirige a la Iglesia, y cómo condena una y otra lepra: el saber que procede de lo alto es, ante todo, límpido, rechaza la impureza de la voluntad propia; y es además apacible, no admite la rebelión obstinada del juicio propio.

Capítulo 6


  Cuando el enfermo se haya limpiado de estas siete especies de lepra, con siete baños, pida los siete alimentos o dones del Espíritu Santo. Así como antes de la pasión del Señor encontramos en su vida siete purificaciones, también en las siete apariciones que siguieron a la resurrección podemos ver los siete dones del Espíritu Santo. En la primeras manifiesta el espíritu de temor: un ángel desciende del cielo ante las mujeres y tiembla la tierra. Ellas se atemorizan y el ángel las anima. A Simón se apareció en el espíritu de piedad: condescendencia grande y digna de Jesús el Señor, querer aparecerse a él personalmente y antes que a los demás; a conciencia le atormentaba más que a ninguno, pero donde proliferó el pecado sobreabundó la gracia.


  Con el espíritu de sabiduría explicó las Escrituras a los peregrinos de Emaús, comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas. Por el espíritu de fortaleza entró en casa con las puertas cerradas, y mostró las manos y el costado, lo mismo que se muestran en señal de valor los agujeros de los escudos. Con el espíritu de consejo indicó a los que no habían pescado nada que echaran la red a la derecha. Con el espíritu de inteligencia les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y con el espíritu de sabiduría se apareció a los cuarenta días y vieron su ir al Hijo del hombre  a donde estaba antes. Hasta ese día salvaba a quienes creían en él por la locura de la predicación; mas cuando subió al Padre comenzó a manifestarse como verdadera sabiduría.
RESUMEN
La lepra de Naamán se curó con siete baños en el río Jordán. Jordán significa descenso. El descenso de nuestra soberbia de distintas maneras.
San Bernardo examina las siete formas de soberbia y sus remedios:
1.La primera lepra es la de casa: queremos ser ricos en este mundo.
2.La vanidad en el vestir.
3.El placer corporal.
4 y 5.En la boca, como antes dije, hay una doble lepra. Una es la contrariedad que nos hace murmurar. La otra es la prosperidad que nos exalta en exceso.
6.La voluntad propia: la que no es común con Dios o con los hombres. Por tanto es opuesta a la caridad.
7.La lepra del propio juicio: la de la autosuficiencia que no acepta opinión alguna y se impone a la comunidad.

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